miércoles 10 de junio de 2009

Una conversación con Alberto Porlan, autor de País


Libros de la Herida.-
Alberto, ¿Qué le pides a un poema como lector?

Alberto Porlan.- Antes que ninguna otra cosa, naturalidad. Un buen poema puede ser más o menos perfecto, más o menos original, más o menos misterioso; pero si no es natural se me rompe al momento. No me lo creo, y todo se viene abajo. La etimología de la palabra “poema” es equivalente a la de “criatura” y a mí pueden llegar a gustarme las criaturas imperfectas, vulgares o sin misterio. Hasta las incomprensibles me gustan. Pero no soporto a la gente artificial. Diréis que el artificio no es ajeno a la labor poética, y con razón. Pero el artificio es herramienta, no es obra. Puede usarse con naturalidad, aunque jamás debe incluirse en el propósito. Un poema artificioso es una huella que denuncia el exceso de su autor, una cicatriz quirúrgica en forma de osito panda.


LH.- Dices: Vivir es una partida de ajedrez que se juega a los dados. ¿Puede la poesía acercarnos a los misterios primordiales? ¿Cómo?

A.P.- Esa frase no es más que una broma. Ironiza con la idea de que podemos rompernos los sesos escogiendo el mejor movimiento posible en el tablero que nos ofrece la vida, pero al ir a colocar la pieza en su escaque resulta que nuestra mano se mueve al azar, espásticamente, conque la pieza puede caer (de hecho, suele hacerlo) en cualquier otro sitio.
En cuanto a los misterios primordiales, no sé qué deciros. Supongo que se debe precisamente a eso, a que son misterios y encima primordiales. Yo veo a la poesía como algo menos trascendente. Creo que lo que más se parece a un buen poema es un buen chiste. Cuando me cuentan un chiste gracioso hay un instante de perplejidad que desemboca en carcajada. Cuando leo un verso extraordinario hay un instante de perplejidad que desemboca en algo maravilloso y fugaz que jamás he sabido cómo llamar, pero que reconozco estupendamente.


LH.- De Pájaro a este País, ¿En qué es distinto el Alberto Porlan poeta? ¿En qué ha ido cambiando?

A.P.- A pesar del tiempo que llevo conviviendo con él a trancas y barrancas, aún no conozco bien a ese tipo del que hablas. Supongo que él te diría que ha ganado un poco de rigor y ha perdido un poco de miedo. Es algo iluso, como sabéis. Yo creo que los años le han hecho ganar peso, como suele ocurrir. Pájaro era un libro leve, voluntariamente leve, que silbaba un aire ligero. A su lado, País es heavy metal. No es lo mismo un buen polvo a los veinte años que a los sesenta. Si uno ha aprendido algo en cuarenta años, debiera ser mejor el de los sesenta. Y a menudo lo es, pero no siempre.


LH.- País está dividido en tres partes: “La mañana”, “La tarde”, “La noche”, pero quizás todo el libro podría considerarse un poema único, un largo poema, pues existe continuidad (discursiva, rítmica) entre texto y texto, y entre las partes. ¿Te surgió inicialmente como un texto unitario?

A.P.- Es un poema único, desde luego. Tan único como una jornada entre dos amaneceres o como un viaje en ferrocarril. Las horas y las estaciones no rompen la unidad de un día o de un trayecto, más bien la configuran.


LH.- Una nota en el libro relaciona su escritura, el viaje poético que cuenta, con un viaje real, un viaje muy especial que hiciste, acompañado de otros escritores europeos, en el año 2000. ¿Podrías hablarnos un poco de esa experiencia?

A.P.- Podría hablaros muchísimo, porque aquello fue algo fabuloso. Compartí seis semanas con noventa y nueve colegas, mientras cruzábamos el continente desde Lisboa a Moscú. O eras tonto de remate o salías transformado después de semejante experiencia. En mi caso, puedo decir que descubrí tantas cosas que todavía me rebosan de la memoria. Entre otras, el inextinguible rencor hacia Rusia por parte de numerosos colegas del Este.
Muchos amigos escribieron diarios del viaje, que luego publicaron en seguida. Yo he necesitado ocho años para digerirlo un poco. Es el libro, País, quien debe hablaros de esa experiencia. Parafraseando a T.S.Eliot, contarlo de otro modo –lo que no descarto del todo– sería contarlo en un español más peor.


LH.- Impresiona de País tu manera de acercarte, fluida, cordial y natural, al lector. No sólo nos referimos a tu voluntad comunicativa, sino también al respeto en el trato con el lector, el respeto a su inteligencia y a su conciencia. Llamas a este lector, en diversos momentos del libro, colega o compañero… Este gesto de horizontalidad autor-lector, de actitud de no superioridad del autor sobre el lector, es muy significativa en un libro en el cual hay un componente ético muy importante. Digamos que no hay una reivindicación de la fraternidad sino una vivencia de la misma en las palabras.

A.P.- Me halaga que formuléis así la cosa, porque ahora que me lo hacéis pensar creo que siempre he escrito para mis hermanos y hermanas, quienesquiera que sean. Tal vez por ahí desfogue o sublime un deseo real de fraternidad cuyos límites ignoro, ya que soy hijo único. En cualquier caso, creo que uno de los objetivos más limpios del empeño poético es abrazar al otro, al lector. Yo amo al lector, y le estoy tan agradecido por malgastar su tiempo en leer mis ocurrencias que le besaría los pies. Algún día, tal vez cuando madure un poco más, entenderé lo de hipócrita lector, pero todavía no lo he conseguido. Ese verso de Baudelaire me ha perseguido siempre. Ory lo pulverizó usándolo como título en un poema cuyos dos últimos versos son, si no recuerdo mal: y sabrás por qué soy el poeta sin sueldo / dejado en la frontera con una lavativa.


LH.- Qué difícil, qué juego mágico, el de trascender, el de ir lejos con palabras humildes, sencillas.

A.P.- Sí, pero también qué tranquilidad ¿no? Bueno o malo, pero nunca artificial.


LH.- ¿El poeta debe ser, sobre todo, preciso?

A.P.- La frase de Rilke, era poeta y odiaba lo impreciso, se ha convertido en un lugar común, pero no ha perdido un átomo de valor... ni de precisión. Sí, continúo creyendo que la precisión es a la poesía lo que el filo es al cuchillo.


LH.- ¿Qué puede hacer la poesía, qué puede hacerse desde la poesía, por un mundo más vivible?

A.P.- La eterna cuestión, amigos, ésa es la eterna cuestión. Mi opinión es que lo útil y lo poético son tan distintos como los calamares y las ostras. La utilidad de la poesía, si existe, es individual, nunca colectiva. Lo que ocurre es que siempre se ha abusado de ella como vehículo colectivo. La Marsellesa tiene una base poética, y el Cara al Sol también. Me parece que en País hay un verso que dice algo así como... la perfidia del himno envenenó al muchacho. Lo que creo, en definitiva, es que un buen verso, cualquier buen verso, hace al mundo más vivible, como vosotros decís. Pero no recuerdo casos en los que detuviera un fusilamiento, evitase una violación o levantase a un cabronazo de su trono.


LH.- Europa: una historia y un sueño mancillados por todo tipo de poderes.
Pregúntale al patrón de los patriotas, nos dices en País. Religiones, fronteras, ideologías, enfrentando hermanos. Y sin embargo, cuántas cosas nos acercan en esta tierra común, ¿no?

A.P.- Es cierto, hay mucho que nos une. Pero tal y como está concebido el dichoso proceso político de unificación europea, ese mucho no aparece por ninguna parte. Desde el punto de vista de la aproximación humana, de la interpenetración, el proceso es un desastre, o mejor, un fraude. Estamos a la misma distancia que estuvimos siempre de los portugueses o de los franceses, no digamos ya de los irlandeses o de los suecos. No se ha promovido el mestizaje, ni siquiera el cultural. Todo lo más, nos limitamos a darnos palmaditas sobre el espaldar de las armaduras nacionales que todavía vestimos. Tenemos pánico a desnudarnos de nuestras identidades nacionales: ése es el puñetero nudo gordiano. Nos conformamos con estar muy contentos porque la guerra entre nosotros ya no parece posible. El nacionalismo (al que prefiero llamar nacionanismo) se refugia en ideas tales como que la variedad es riqueza. Y sí, puede que lo sea. Puede que haya que preservar la variedad, pero también es urgente ponerla en su sitio. Mirad el ejemplo de las lenguas. En el viaje a que me refería antes había una exuberante riqueza de idiomas, y hasta varios alfabetos diferentes. Qué maravilla, sí, qué riqueza. Pero, maldita sea, resultaba dificilísimo expresarte con una cierta profundidad y espontaneidad al hablar con los compañeros. La selva es hermosísima, pero también intransitable. Estoy convencido de que necesitamos urgentemente una lengua común, que no debe ser el inglés.


LH.- Rodamos por un túnel que tiene mil salidas / y todas desembocan en una sola noche. Y también: qué dulce es la certeza de que vendrá la aurora / y qué triste morirse mientras gira el planeta. ¿La poesía dice la verdad? ¿Qué verdad?

A.P.- Bueno, supongo que la verdad no es su principal propósito. Pero a veces, sin buscarlo, consigue decir verdades que serían inasequibles por cualquier otro medio, incluida la sobrevalorada ciencia. Esa es su verdadera grandeza. Paul Eluard escribió: La Tierra es azul como una naranja / no hay ningún error, las palabras no mienten. Y tenía razón. Los astronautas confirmaron el verso de don Pablo: es una naranja azul. Hace poco me contaron un chiste: ¿En qué se parecen un plátano y una sandía? En que los dos son redondos menos el plátano. Otra gran verdad poética.


LH.- Háblanos de "Senaia", la separata que acompaña a País.

A.P.- Fue resultado de un choque brutal. El malogrado y querido escritor gallego Carlos Casares, la autora portuguesa Inês Pedrosa, mi mujer Gloria Mengual y yo estábamos recorriendo San Petersburgo en busca de los paisajes de Dostoyevski, y nos propusimos encontrar la Senaia, aquella plaza donde Raskolnikov experimentó su sublime trance de amor por el universo. Lo que encontramos al llegar me heló la sangre. La plaza, enorme, estaba atestada de mujeres, todas mayores de sesenta años, que deambulaban de acá para allá tratando de vender sus míseras pertenencias: pelapatatas oxidados, bolsas de plástico lavadas y recicladas, fotos de familia... Verlas allí por centenares, limpias de agua y jabón, con sus pañuelos en la cabeza, ofreciendo aquellas menudencias sin valor, me alteró lo suficiente como para empujarme a escribir el poema que compuse aquella misma noche, a la luz de las tres de la madrugada de una noche blanca. Se lo leí a Sacha Barlamov, un excelente novelista ruso que domina perfectamente el castellano y el hombre se conmovió tanto que no paró de hablar del poema a la prensa que nos recibió en Moscú. Luego tuve oportunidad de leerlo ante los “niños de la guerra”, todos ya septuagenarios, que nos recibieron en su local moscovita, y aquello fue emocionante. Pero tengo una sensación rara con ese poema: nació de un estímulo tan limpio que me gustaría que fuera muchísimo mejor de lo que es.


LH.- Escribes poesía, narrativa, cine, ensayo e investigación (a ello has consagrado gran parte de tus energías creativas)… ¿Qué especificidad encuentras en la poesía, en lo poético?

A.P.- En mi sentir es el más generoso de los géneros, el menos protocolario, el más irresponsable. Representa el nivel máximo de libertad expresiva que nos es dado ejercer con la palabra. La poesía es el verdadero idioma libertario.


LH.- Y, ¿qué es lo que te hace entrar en la poesía? ¿Cuándo vuelves a ella?

A.P.- Me gustaría poder daros una respuesta concreta, pero qué va. He entrado ahí por demasiadas puertas distintas como para escoger una en particular. A veces he entrado después de un latigazo, otras veces después de un lametón. La causa ha podido ser un sentimiento que no sabía explicarme tanto como un sentimiento que me estaba explicando demasiado bien. Y algunas veces, lo confieso, también he entrado con la misma actitud inocente y maravillada con la que un niño entra en una juguetería.


LH.- ¿Tienes poesía por publicar en el cajón? ¿Algún libro en el que estés trabajando?

A.P.- Algo debe de haber por ahí, sí. Y supongo que la publicación de País provocará otro libro. Tener un texto terminado en el cajón me paraliza. Publicarlo, me libera.


LH.- ¿Cuáles fueron tus primeros poetas, aquellos primeros poetas que leíste y que te impresionaron?

A.P.- Quienes fueran los primeros no me parece interesante, y lo recuerdo mal. Lo interesante fueron los descubrimientos súbitos, los deslumbramientos, y esos sí que los recuerdo perfectamente: Rimbaud, Quevedo, Withman, Juan de la Cruz, Valery, Manrique, Eliot... Me acuerdo del momento en que descubrí a Vallejo, un autor que en el franquismo estaba más prohibido que la cocaína. Circulaba en copias de papel carbón, y un amigo me facilitó Trilce y Los Heraldos Negros con el compromiso de hacer nuevas copias y difundirlas entre otros amigos. Lo leí en el metro y me pasé un montón de estaciones, así que tomé otro tren en sentido opuesta... y volví a pasarme de estación. Estaba borracho de Vallejo.

LH.- Has dirigido el largometraje documental Las cajas españolas, premiada, por cierto, en la Seminci de Valladolid… ¿Cómo valoras la experiencia?

A.P.- Como se valora que te toque la lotería. Tuvimos mucha suerte y la película quedó todo lo bien que podía quedar teniendo en cuenta que yo era quien la había escrito y dirigido. Mi propósito era dar a conocer los entresijos de una historia de abnegación civil emprendida por un grupo de ciudadanos cualesquiera. El franquismo había cubierto de inmundicia aquella gesta, y me propuse contarla tal y como había sido en realidad. Al margen de su difusión en los cines y en los festivales internacionales, TVE la ha programado en dos ocasiones, con el resultado de un millón de espectadores. La historia ya está contada y mi propósito se ha cumplido, así que estoy satisfecho.


LH.- Y, hablando de cine: ¿nos podrías decir cinco películas mágicas, imprescindibles, para ti?

A.P.- Milagro en Milán, Simón del Desierto, El Gran Lebowski, todo Billy Wilder, todo Stanley Kubrik, El golpe, Andrei Riublov, El guateque, Los pájaros, Vértigo, Encuentros en la tercera fase, Yo que serví al rey de Inglaterra, Al final de la escapada, Sin perdón, Ciudadano Kane... cortad por donde queráis.


LH.- Gracias, Alberto, por tu tiempo, y por País.

A.P.- Gracias a vosotros.